Con la temporada recién clausurada, los despachos de las principales empresas taurinas a ambos lados de la frontera ya bullen con la mirada puesta en el próximo curso. La escasez de reses en el campo bravo —un terreno donde el modelo francés lleva años marcando el paso— ha forzado a los gestores a anticipar los deberes, blindando los elencos ganaderos y cerrando el grueso de los abonos incluso antes de las fiestas navideñas, como ya es práctica habitual en cosos de la magnitud de Madrid o Valencia.
Esta planificación madrugadora, impulsada por la necesidad de adelantarse a la competencia y de ofrecer al aficionado un margen de organización similar al de otros grandes eventos de masas, choca sin embargo con un obstáculo histórico: el freno a la meritocracia. Al desvelar ferias enteras en enero o febrero, los triunfadores de última hora o las revelaciones de inicio de temporada ven cerradas las puertas de los grandes carteles, supeditados a una previsibilidad empresarial cada vez mayor.
En este complejo escenario, Sevilla se sumará también a la corriente del adelanto debido al madrugador Domingo de Resurrección, fijado para el 28 de marzo, lo que obligará a la empresa a desvelar todo su abono en enero. No obstante, un atisbo de esperanza asoma desde el sur tras el anuncio de la Junta de Andalucía el pasado 20 de octubre, abriendo la puerta a una mayor flexibilidad reglamentaria que permita dejar puestos abiertos en las ferias. Una fórmula idónea para premiar el esfuerzo en la arena y equilibrar así las exigencias de la gestión moderna con la más pura esencia de la tauromaquia.


