Antes de que salte al ruedo el primer toro de la tarde y la arena se llene de polvo y emoción, la fiesta brava vive uno de sus momentos más solemnes, vistosos y cargados de historia: el despejo de plaza y el paseíllo de las cuadrillas. Para quien apenas se acerca a este espectáculo, puede parecer un simple desfile colorido al compás de la música. Sin embargo, no hay un solo paso en falso ni una sola posición al azar. Cada hombre, cada caballo y cada adorno tiene una función concreta, un orden riguroso y una razón de ser que viene forjándose desde hace siglos.
Comprender el ritual del paseíllo es aprender a leer la jerarquía, el protocolo y la enorme carga simbólica que precede a la lidia. Es la presentación formal de los actuantes ante el público y ante la autoridad, el saludo respetuoso al biombo del juez y la ceremonia con la que se declara oficialmente abierta la tarde de toros.
Todo comienza con el sonido seco del clarín y el toque de timbal que anuncian la hora en punto. En ese instante, la banda de música de la plaza arranca con las notas alegres y marciales de un pasodoble taurino. Se abren de par en par los portones de la puerta de cuadrillas y el ruedo, hasta ese momento vacío, se llena de vida.
La primera figura que asoma a la arena es el alguacilillo, o los alguacilillos si van en pareja. Montados en caballos adiestrados a la alta escuela, vestidos a la usanza del siglo diecisiete con trajes negros de terciopelo, golilla blanca al cuello y sombrero de ala ancha con pluma, representan a la autoridad civil dentro del redondel. Su función primordial, antes de cualquier desfile, es el tradicional despejo de plaza.
En los orígenes del toreo, cuando las corridas se realizaban en las plazas públicas de los pueblos y ciudades, la gente solía invadir el espacio central. La autoridad montada ingresaba primero para despejar a la multitud, asegurarse de que el terreno estuviera completamente libre y garantizar la seguridad del festejo. Aunque hoy las plazas son recintos cerrados donde el público permanece en los tendidos, la tradición se mantiene viva: los alguacilillos cruzan el redondel al trote o al galope corto, de puerta a puerta, verificando visualmente que el ruedo esté despejado de cualquier estorbo.
Al llegar frente al biombo o palco de la presidencia, los alguacilillos frenan sus cabalgaduras, descubren sus cabezas con una inclinación respetuosa en señal de saludo y solicitan formalmente el permiso de la autoridad para iniciar la corrida. El juez de plaza o presidente responde al saludo inclinando la cabeza o asomando el pañuelo blanco. Tras recibir la venia, se produce un instante histórico y singular: la entrega de la llave de los toriles. Según la tradición de cada plaza, el juez arroja desde el biombo o entrega en mano una llave simbólica. El alguacil enfila rumbo a la puerta de los corrales para entregarle esa llave al torilero, el encargado material de abrir el cerrojo del portón cuando suene el clarín. Aunque hoy en día las puertas de los corrales operan con mecanismos modernos y cerrojos funcionales, la entrega física de la llave sigue representando la cesión legal del encierro para dar inicio a la corrida. El alguacil regresa a la puerta de cuadrillas y se colocan al frente para encabezar la marcha de todos los actuantes hacia el centro de la plaza.
Detrás de los alguacilillos viene la formación principal: las cuadrillas. Esta formación obedece a una regla inquebrantable de antigüedad basada en la fecha de la alternativa de cada matador. La alternativa es la ceremonia mediante la cual un novillero se convierte formalmente en matador de toros de a pie. Quien se doctoró primero en el tiempo es el más antiguo; quien tomó la alternativa más recientemente es el más moderno.
En la primera fila de a pie marchan los jefes de cuadrilla, es decir, los matadores de toros. En una corrida ordinaria de tres espadas, la colocación exacta de izquierda a derecha, vista desde la posición de los toreros conforme avanzan hacia adelante, es la siguiente:
A la izquierda del espectador (y a la derecha en el sentido de marcha del grupo) va el matador más antiguo, el director de lidia. Es el torero de mayor experiencia en el cartel y sobre quien recae la responsabilidad técnica del festejo si surge alguna eventualidad reglamentaria.
A la derecha del espectador (a la izquierda de la marcha) va el segundo espada en antigüedad.
En el centro exacto de la primera fila marcha el matador más joven, el más moderno del cartel. Esta posición central reservada al espada con menor tiempo de alternativa no es casual; representa simbólicamente la protección de sus compañeros veteranos, quienes lo flanquean y lo arropan al hacer su entrada al ruedo.
Si la corrida fuera un mano a mano entre dos únicos matadores, la primera fila la componen únicamente los dos espadas, ubicándose el más antiguo a la izquierda del observador y el más moderno a la derecha. Si se trata de una encerrona, donde un solo diestro despacha los seis toros de la tarde, el matador avanza en solitario en esa primera línea. Cuando actúan rejoneadores o toreros a caballo junto a los de a pie, el rejoneador abre el desfile a caballo inmediatamente detrás de los alguacilillos si encabeza el cartel, o se integra según el orden establecido para el tipo de festejo.
Un detalle visual de enorme peso durante el avance de esta primera fila es la montera y el capote de paseo. Los matadores marchan erguidos, con paso acompasado, llevando el capote de paseo rigurosamente liado sobre los hombros y recogido sobre el brazo izquierdo, dejando libre el brazo derecho para acompañar la marcha con un balanceo suave y natural.
La montera merece una mención especial. Si el torero ya se ha presentado anteriormente en esa plaza en concreto como matador de toros, hace el paseíllo con la montera puesta en la cabeza. Pero si un espada pisa ese ruedo por primera vez en su carrera como matador de toros, tiene la obligación protocolaria de realizar todo el paseíllo descubierto, llevando la montera en la mano derecha a la altura del pecho hasta que saluda a la presidencia. Esta costumbre es una muestra explícita de humildad y respeto hacia la afición local y hacia la plaza que lo recibe por primera vez en su nueva categoría.
Inmediatamente detrás de los matadores desfilan las cuadrillas de subalternos de a pie, organizadas en filas de tres hombres. Cada matador cuenta con una cuadrilla personal compuesta por banderilleros y picadores.
La primera fila de subalternos corresponde a los banderilleros del matador más antiguo; la siguiente fila la ocupan los hombres del segundo espada, y la tercera fila pertenece a la cuadrilla del espada más joven. Dentro de cada una de estas filas de subalternos también existe un orden riguroso de colocación de izquierda a derecha, respetando la veteranía y la categoría de cada banderillero dentro de la cuadrilla, figurando habitualmente el lidiador de confianza en el puesto principal.
Detrás de los subalternos de a pie marchan los picadores montados en sus caballos de picar. Estos caballos avanzan protegidos con el peto protector y con el ojo derecho vendado, avanzando con paso firme. Los picadores visten la chaquetilla bordada, el sombrero castoreño de ala ancha y las defensas metálicas en las piernas llamadas monas o gregorianas. Los picadores también desfilan organizados en parejas por riguroso turno de antigüedad según la cuadrilla a la que pertenecen: primero la pareja del matador veterano, después la del segundo espada y finalmente la del tercero.
Cerrando la comitiva oficial desfilan los integrantes de los servicios auxiliares de la plaza, indispensables para el desarrollo material del festejo.
En primer lugar avanzan los monosabios, los hombres vestidos normalmente con camisa roja y pantalón blamco que auxilian a los picadores en el ruedo, sujetan los caballos y ayudan a levantar al jinete en caso de caída. Detrás de ellos marchan los areneros, encargados de rastrillar, emparejar la arena y cubrir los desperfectos del piso entre toro y toro, portando sus palas y rastrillos al hombro. Finalmente, cierra el desfile el tiro de mulillas, adornadas con cascabeles y banderas tricolores, guiadas por los mulilleros, cuya función será arrastrar los restos del toro hacia el destazadero una vez concluida la lidia.
El desfile completo avanza al ritmo del pasodoble hasta llegar a la altura de los tercios, justo frente al palco de la presidencia. En ese punto la marcha se detiene por completo.
Los alguacilillos se descubren nuevamente, los matadores y sus cuadrillas se quitan la montera con la mano derecha y realizan una reverencia sincronizada y respetuosa hacia el biombo donde despacha el juez de plaza. Es el reconocimiento cabal de que, a partir de ese segundo, toda la tarde queda bajo el imperio del reglamento taurino y la autoridad que representa el palco.
El paseíllo se disuelve con rapidez. Cada torero rompe filas y se dirige a la barrera para desprenderse del capote de paseo. Esta prenda de seda bordada en oro, plata o pedrería solo se utiliza para el protocolo del desfile y no sirve para la brega con el toro. Los matadores enrollan cuidadosamente el capote de paseo y se lo entregan a algún amigo cercano, a un aficionado distinguido o a una personalidad sentada en el callejón o en la primera fila de barrera, quien lo extiende sobre el pasamanos de madera para adornar el redondel durante la corrida.
Los matadores toman entonces su capote de brega de color rosa y amarillo, realizan algunos estiramientos y movimientos de muñeca para templar los nervios y se colocan en sus respectivos burladeros. Los areneros limpian rápidamente las huellas dejadas por los caballos en el centro del redondel, las mulillas salen por la puerta de arrastre y los alguacilillos se retiran al callejón.
El ruedo queda de nuevo en absoluto silencio. Solo queda esperar el siguiente toque de clarín que ordene la salida del primer toro de la tarde. El ritual del paseíllo ha concluido con exactitud milimétrica, dejando el escenario listo para que comience la verdad del toreo.

