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Cultura Taurina

Los terrenos y querencias en una corrida de toros

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Los terrenos y querencias en una corrida de toros

Entender lo que pasa sobre la arena de una plaza de toros no depende de saberse nombres antiguos ni de usar palabras rebuscadas. Depende de aprender a mirar cómo se mueven dos seres vivos dentro de un espacio cerrado. Cuando alguien se sienta en el tendido y solo ve un círculo de tierra amarilla, se está perdiendo la mitad de la película. Ese círculo está lleno de caminos, fronteras invisibles y zonas de peligro que determinan cada segundo de la lidia. En el toreo, el espacio lo es todo: define si un pase tiene mérito, si una faena tiene fondo o si el torero está arriesgando la vida de verdad. A esa distribución del redondel y a las reacciones naturales del animal frente al espacio se les llama los terrenos y las querencias.

Para desmenuzar esto de una forma sencilla y gráfica, hay que empezar por cómo se organiza la plaza. Si miramos el ruedo desde arriba, podemos imaginar tres círculos concéntricos, como si fueran tres anillos que van desde la orilla hasta el puro centro.

El primer anillo, el más pegado a la madera, es el terreno de tablas. Es la orilla exterior. Las tablas representan para el toro un muro de contención. Por instinto, cualquier animal que se siente amenazado o confundido busca un punto de apoyo donde su espalda quede protegida; al pegarse a las tablas, el toro sabe que nadie puede llegarle por detrás. Sin embargo, este terreno es un arma de doble filo. Cuando un toro se refugia en las tablas y no quiere salir de ahí, se vuelve sumamente peligroso. No está ahí por comodidad, sino por defensa. Al sentirse acorralado y sin vía de escape hacia atrás, cualquier movimiento frente a él lo interpreta como una amenaza inmediata, y su respuesta es soltar derrotes secos para quitarse de encima lo que le estorba. Torear pegado a las tablas exige un pulso firme y saber salir rápido del paso, porque ahí no hay margen de error.

El segundo anillo es el tercio. Es la franja intermedia que queda entre la barrera de madera y el centro del ruedo. En muchas plazas, como el Nuevo Progreso, esta zona se delimita con dos líneas concéntricas de cal blanca marcadas en la arena. El tercio es el terreno natural donde se construye la mayor parte de una faena de muleta, y la razón es muy clara: es la zona de equilibrio. En el tercio, el toro todavía siente cerca la referencia de la plaza, lo que le da cierta tranquilidad, pero al mismo tiempo tiene suficiente aire libre a los lados para poder estirar el cuello, galopar y completar los pases con amplitud. Para el torero también es el sitio más cómodo y seguro para estructurar su labor, porque tiene espacio para abrir los viajes de la muleta y, en caso de un percance o una colada del toro, las tablas quedan a una distancia razonable para buscar refugio.

El tercer anillo son los medios, el corazón mismo de la plaza. Los medios representan la inmensidad del ruedo. Ahí no hay tablas cerca, no hay referencias visuales próximas ni burladeros a la mano. Todo es distancia, soledad y campo abierto. Cuando un torero saca a un toro a los medios, el nivel de exigencia se va al cielo para los dos. Para el toro, porque en los medios sale a relucir su verdadera casta: si el animal es bravo, noble y tiene fondo, se arrancará con alegría desde lejos, metiendo la cara con franqueza; si el animal es manso o reservón, en los medios se sentirá perdido, tenderá a rajarse o a buscar una salida desesperada. Para el torero, torear en el centro del platillo exige un valor sereno y una seguridad técnica total, porque si el toro se le vence o le gana la partida, no hay escapatoria posible; el torero depende únicamente de sus pies y de la tela que lleva en la mano.

Ahora bien, el ruedo no solo se divide por estas zonas físicas. Hay otra división mucho más fina, que no se ve con tiza en el suelo pero que se siente en el aire: el terreno del toro y el terreno del torero.

Cada toro de lidia tiene alrededor de su cuerpo una especie de burbuja invisible, un perímetro de seguridad. Ese es el terreno del toro. Es la distancia en la que el animal tolera que algo se mueva a su alrededor sin atacar. Si un objeto, una persona o un capote traspasa esa distancia crítica, el toro reacciona de inmediato embistiendo con toda su fuerza para expulsar al intruso de su territorio.

El torero, por su parte, tiene su propio terreno: es el sitio de partida desde donde cita al animal, colocándose a una distancia prudente para ofrecer el señuelo, mover los brazos y guiar la trayectoria sin quedar tapado por los pitones.

El toreo grande, el que levanta a la gente de sus asientos, ocurre en el momento exacto en que el torero decide dar un paso hacia adelante y meterse en el terreno del toro. Cuando se escucha en el tendido que un torero se está cruzando al pitón contrario, lo que está haciendo en realidad es invadir deliberadamente esa burbuja de defensa del animal. Se para en la línea recta por donde el toro mira, obligándolo a reaccionar. En ese instante, el torero renuncia a su ventaja de distancia y confía ciegamente en que la suavidad y el mando de su muñeca van a desviar esa mole de quinientos kilos hacia la tela roja antes de que le alcance el cuerpo. Quien sabe ganar y respetar esos terrenos íntimos es quien de verdad manda en la plaza.

Junto a los terrenos, el otro concepto fundamental que gobierna todo lo que ocurre en una corrida son las querencias.

La querencia es la inclinación natural, el deseo instintivo que tiene el animal de acudir o permanecer en un sitio determinado del ruedo. Los toros no corren por correr ni embisten en cualquier dirección; siempre tienen un punto de atracción hacia el cual tiran sus pasos y sus sentidos.

La querencia natural, la más importante y la primera que se manifiesta, es la puerta de toriles. Conocer el porqué de esta querencia lo aclara todo. El toro de lidia pasa sus horas previas en la oscuridad, la calma y el silencio relativo de los corrales. Cuando suena el clarín y abren el cerrojo del portón, el animal sale disparado hacia un mundo desconocido y hostil: un estallido repentino de luz de sol, miles de personas gritando, música, banderas y movimiento por todos lados. Para la mente del toro, el único lugar conocido, el único sitio que asocia con la tranquilidad de su entorno anterior y con su libertad, es precisamente esa puerta por donde acaba de entrar.

Por eso, la puerta de toriles ejerce una atracción magnética constante sobre el toro. Mientras el animal está fresco y lleno de energía al inicio de la corrida, su propia acometividad lo lleva a recorrer la plaza y pelear con lo que le pongan enfrente. Pero conforme la lidia avanza, los pases se acumulan y el esfuerzo físico empieza a pesarle, el instinto de supervivencia despierta con más fuerza. El toro vuelve la mirada hacia toriles una y otra vez porque busca la salida, quiere regresar a casa.

Saber dónde está ubicada la puerta de toriles en cada plaza es una obligación para el que torea. Si un matador se distrae y se para exactamente en la línea de viaje entre el toro y la puerta de toriles, está cometiendo una imprudencia gravísima. El toro no va a embestir a la muleta con la nobleza del toreo artístico; va a tirar hacia adelante con la furia y la urgencia de quien busca abrirse paso hacia su escape, arrollando lo que encuentre en su camino.

De este instinto nacen también las otras querencias conocidas en el toreo:

La querencia a tablas, propia de los toros que tiran hacia adentro. Son animales que, al verse exigidos o al agotarse su bravura, renuncian a la pelea abierta y van reculando paso a paso hacia las orillas del redondel, buscando el abrigo de las maderas. Cuando el torero decide meterse entre el toro y la barrera para obligarlo a dar pases en tablas cerradas, la emoción es tremenda, porque el torero le está bloqueando el paso a la única trinchera que el animal considera segura.

La querencia hacia afuera o hacia los medios, que es la marca registrada de la bravura auténtica. Son esos toros excepcionales que desprecian el cobijo de las tablas y no andan buscando el portón de escape. Tienen tanta casta y orgullo que su instinto los lleva a buscar la pelea hacia el centro del redondel, admitiendo el combate a campo abierto y galopando con franqueza detrás de los engaños.

Sabiendo leer estas inclinaciones, el torero tiene dos caminos frente a cada embestida: torear a favor de querencia o torear en contra de querencia.

Torear a favor de querencia es aprovechar el viaje natural del animal. Consiste en darle salida al toro hacia el lugar adonde su cuerpo e instinto quieren ir, ya sea hacia la puerta de toriles o hacia las tablas. En estos pases, la embestida fluye suave, rápida y con mucha largura, porque no hay pelea entre el instinto del toro y el trazo de la muleta; el animal corre hacia su destino deseado y la tela solo lo acompaña en el camino.

Torear en contra de querencia es la prueba de fuego del dominio técnico. Consiste en obligar al toro a embestir en sentido contrario a su refugio; es decir, traerlo desde las tablas hacia los medios, o hacer que le dé la espalda a la puerta de toriles. Esto no se logra con fuerza, sino con mando: bajando la mano, arrastrando la muleta muy cerca de los ojos del animal y templando el viaje con un pulso de hierro para cambiarle la voluntad. El torero le dice al toro por dónde caminar, doblegando su instinto natural para imponer el ritmo de la faena.

Cuando un aficionado entiende estos principios, la fiesta adquiere una dimensión completamente distinta. Ya no se trata de aplaudir mecánicamente un pase vistoso o quejarse de un silencio. En el tendido se empieza a notar cómo el matador vigila la mirada del toro al salir de los corrales, cómo mide la distancia de los pasos para no ahogarlo en el tercio, cuándo decide invadir su terreno para arrancarle una embestida que parecía imposible y de qué manera lo va sacando de su querencia hacia el centro de la plaza. Entender los terrenos y las querencias es, en el fondo, entender el toreo de verdad: una partida donde el hombre domina la fuerza del toro a través del conocimiento exacto del espacio.

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