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Guadalajara, Méx. (Comentauro) - Segunda corrida de la temporada

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Guadalajara, Méx. (Comentauro) - Segunda corrida de la temporada

Primer Aviso.

Desde hace dos temporadas el palco de la autoridad dejó de poner la hora del inicio de las faenas sin ninguna razón para ello. Seguramente se sintió incómodo el señor Juez cuando se le hacía notar que el torero en turno no le daba muerte al animal y dejó de poner el cartelito de marras. ¡Qué más da! A nadie le importa e interesa.

Toque al Corral.

Hoy sucedió algo que, si bien, se hizo dentro del reglamento, no debió tardar en ello. El primer toro de la lidia ordinaria salió de toriles con una visible afectación de los cuartos traseros, el toro claudicó varias veces y el juez no tomó en cuenta las protestas de la gente.

Al acudir al caballo, el astado volvió a perder las manos y ni así se convencía el susodicho de que el toro estaba inutilizado para la lidia y lo único que atinó en hacer fue cambiar el tercio, permitiendo que la lidia continuara en medio del escándalo. En una de las acometidas en el tercer par de banderillas, la res cayó y le costó mucho trabajo incorporarse, hasta entonces Usía se apiadó del que paga su boleto y autorizó la devolución del inválido cuando desde salida mostró su manifiesta debilidad.

¡Puerta, puerta!

Por cierto, ya deberían comprarle unos pañales o hacerle un baño privado a la autoridad dentro del palco en el que disque trabaja. En momentos en los que debería estar presente, se ausenta y el pobre asesor nomás voltea haber si viene o le contesta el celular para saber que carajos debe hacer.

¡Mejor corro, que me lo dejan sin oreja!

Grotesca a todas luces la imagen que nos regalaron estos genios, en el corte de la pírrica orejita de Gamero. El ocupante del palco se hacia el remolón para sacar el pañuelo ante la petición del público por la labor del pegapalos, aun cuando ya tenía el albo telar en la mano. El tiro de caballos llegó por la res muerta, engancho al cornúpeta y se dispuso a llevarlo al rastro. En ese momento el personaje que algún día le dio lustre al palco de la autoridad en Guadalajara, saco su inmaculado paño. El pobre puntillero intentaba pedirles a los monosabios que detuvieran a los caballos desbocados hacia el túnel de arrastre y al ver sus nulos esfuerzos, puso en práctica aquello de qué: ¡Patitas para que las quiero! y salió en franca persecución de ellos en una escena sumamente chusca y ridícula. Así, el pobre hombre tuvo que ir al desolladero a traerle al alguacilillo el despejo de la res para que el triunfador del festejo diera la vuelta entre clamores populares... ¡Como fiesta de rancho!

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