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Columna de Gabriela Guevara
Opinión

El nuevo Teseo y la corruptible Ariadna

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Cuando Teseo volvía tras sus pasos, ayudado por el tejido de Ariadna, ¿olvidaba los detalles de la hazaña?, ¿el sabor metálico de la sangre lo incomodaba?, ¿sería posible que tratara con todas sus fuerzas de memorizar las dimensiones de la bestia?

Pasifae llorando por su hermoso hijo, el Minotauro.

Teseo y Ariadna fundidos en un abrazo. Aquella seguramente percibió el olor de la sangre, el temblor en el cuerpo de Teseo y la alegría en la vena-cuerda que salvó la vida.

Las bestias míticas, tal como los héroes, no se desvanecen en la historia, no mueren, pues cada cierto tiempo resurgen en el imaginario del mundo. Se reconfiguran, se amoldan y se adaptan a los nuevos hombres.

Aquel laberinto es ahora, una plaza a la que llegamos en cofradía. Tarde a tarde, ante el Sol, el Toro y su indómita presencia nos llevan a Minos. Hoy Teseo no es ya un torero como se ha presupuesto… no, Teseo en realidad es cualquier antitaurino que no entiende nuestro rito, y Ariadna es entonces la pusilánime Política que usa al minotauro para saldar cuentas, para pedir su limosna de amor ante una sociedad a la que le debe tanto que matar al minotauro es una carta que jugarán para evitar enfrentar la sequía, la falta de equidad, la insalubridad, las calles inseguras…

Y sin embargo, nosotros no nos rendimos; los aficionados, iremos a la plaza a buscar al Minotauro, o sus restos. Somos pues, el cortejo de Pasifae, ante la agonía de su magnífico hijo.

Es lo que toca.

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