Reloj Taurino
| De porqué los “bernalditos” no sirven para la lidia y el réquiem para la plaza México |
|
|
|
| Escrito por Eugenio Partida (Aficionado de Guadalajara) - MEXICO |
| Lunes, 01 de Febrero de 2010 21:49 |
|
Bastaría decir que los “Bernalditos” no reúnen las condiciones para ser considerados toros con casta para ser lidiados en un coso de la importancia histórica de la México ---o el Progreso de Guadalajara, o sencillamente de ninguna plaza que se precie o intente presentar la fiesta con verdad que no es sino la única que existe (lo demás es otra cosa, llámele como quiera)--- Bastaría con eso. Pero vamos a tratar de explicarlo brevemente ---como si se lo explicáramos a un joven que intenta conocer la fiesta---. El toro bravo procede, según historiadores e investigadores, de un antepasado denominado el uro, un animal que era cazado por su carne pero de difícil sometimiento por su gran agresividad. Ya Julio Cesar en la Guerra de las Galias habla del urus que proviene de Asia menor, Europa Central y Egipto. El uro entra a la Península ibérica por los Pirineos y del África por el Mediterráneo, para mezclarse con el toro ya existente en la península. Estos uros fueron conducidos por boyeros Celtas y Cartagineses. En ese entonces el uro fue utilizado como fuerza de choque. Aníbal, en la campaña de los Cartagineses, utilizó a más de dos mil toros con antorchas encendidas en sus cornamentas para empujar al enemigo contra desfiladeros. El toro bravo, fue pues, por principio, un arma de guerra. Si bien el toro se ha cruzado y divido en especies y sub-especies—no vamos a entrar en materia con detalle por obvias razones de espacio—podemos decir que el toro con la particularidad genética de la bravura atiende ahora a lugares geográficos y crianzas. La visión del toro bravo descendiente del uro es uniocular (de un solo ojo), amplia; no así la binocular (con ambos ojos), que es en horizontal solo de 20 grados. Tal condición es aprovechada por los maestros del toreo para colocarse en lo que se llama “terreno” del toro, ya sea “dentro” o “fuera”, durante la lidia. El toro en general suele padecer otros defectos visuales como la hipermetropía, que consiste en ver confusamente los objetos, pues la imagen se forma más allá de la retina. Por el contrario ---y no como piensan los detractores de la fiesta--- esto no hace que la labor del torero sea más fácil o un engaño, pues cuando el toro en verdad reúne las características de bravo lo hace aún más peligroso, pues requiere conocimiento, apreciación y valor, siendo los mismos defectos en que se basa la lidia los elementos de mayor peligrosidad. Lo primero que debe apreciarse de un toro es su aspecto físico, que siempre tiene que ser imponente, y cuya capital importancia reside en la cabeza, donde se concentra su descomunal potencia derivada de su musculatura, que es la que fija el derrote, y es en su cabeza donde nacen las defensas con que la naturaleza lo dotó: la cornamenta. Deben observarse los tercios medio y posterior del toro, la gran importancia en particular de las extremidades, que son el punto de apoyo de la palanca del derrote e imprimen velocidad a la acometida, por lo que, dependiendo del origen, linaje o encaste, la longitud de las patas traseras y delanteras son variables de una ganadería, lugar geográfico, encaste, etc a otro. Por lo tanto en “lamina” “hechuras” y “extremidades” del toro se pueden romper opiniones, gustos y genotipos. Y hasta ahí los “bernalditos”---no me explico cómo, pero tomémosle como un supuesto--- habrá quién los considere suficientes como para ser lidiados. Pero lo que tiene capital importancia---y ahí no hay ninguna duda---es la EMBESTIDA, que no es sino el proceso “psicosomático” principal del que aflora toda el ritual (que no puesta en escena) que es el toreo. La EMBESTIDA es un comportamiento impreso en la genética del animal. Ante el estimulo exterior acomete con violencia irrefrenable, sin detenerse a calibrar el potencial del enemigo, de ahí las laminas de las antiguas cigarreras con la imagen de un toro bravo en el campo dispuesto a enfrentarse a una locomotora que corre por las vías en advenimiento. Esta es la cualidad que hereda del antepasado, el uro, la antigua “máquina viva de guerra”, una cualidad reconocida y resaltada por los ganaderos mediante procesos de selección parecidos a los que hace la naturaleza---la “selección natural” de Darwin--- para mantener y potenciar esa bravura que se define como una capacidad “emotivo-agresora”. El toro bravo no sólo es un animal violento, sino con emociones, y por eso “transmite” a quién lo sabe apreciar. Así, los estímulos que provocan la embestida del toro pueden ser desde olores hasta sonidos, castigos o agresiones, etc. Pero en el toreo se utilizan tres: color, movimiento y vibración. El toro, embravecido, acomete lo que se mueve, el movimiento excita al toro, por eso el torero economiza movimientos, un movimiento mal ejecutado, un descuido puede atraer la atención el toro. El movimiento del capote lo distrae a tomarlo como objetivo, de ahí que los movimientos de la plaza, el callejón, los subalternos, sean distractores para el animal, y de ahí que se escuche el grito de “mucha gente” como suelen gritar algunos aficionados. La vibración atrae al toro bravo, y tiene, además, mucho oído y mucho olfato, de ahí que el torero emita sonidos o “zapatazos” que “vibran” la arena, los colores encendidos como el rojo—aunque hay discrepancias ante eso—lo excitan. Por lo tanto, cuando el toro reúne las características de “casta” todos los instantes de la lidia son peligrosos para el torero, y el puyazo reglamentario responde al descongestionamiento del animal---y prueba de su bravura--- que incluso podría llegar a matarlo ante la furia que siente en ese momento. La fiesta brava cuando es de verdad, ocurre ante la presencia de un animal con las características necesarias, cuando no, es una representación, un acto cobarde y alevoso, pues se somete al castigo y a situaciones de abuso a un animal que no reúne las condiciones de bravura y peligrosidad que son el eje de la fiesta. Los controvertidos “Bernalditos” NO reúnen las características de un toro bravo. Basta mirar su comportamiento general en la plaza. Acuden al castigo doliéndose de inmediato, huyendo, su embestida es de acorralamiento, no de bravura, se defienden de una ataque, nunca atacan, por lo tanto, las vibraciones, desplantes, y faena del matador dejan de tener sentido, ¿Qué sentido tiene que un “ejemplar” humano, utilizando su “inteligencia” ---o sea “mañas”--- se “arrime” y “lidie” a una bestia que trata de huir, o que, agotada pronto, espera atacar algo que lo martiriza simplemente esperando que de un modo u otro termine el castigo?. El animal, carente de la sangre violenta y de la genética que provoca su capacidad emotivo-agresora trata de escapar o “espera” a que el enemigo huya ante alguna “bravuconada” de su parte, y acorralado no tiene más remedio que acudir a la embestida---y esta acción de embestir, cuando existe esa sangre de bravura, es un movimiento de gran belleza estética---y lo hace sin “transmisión” pues obviamente no embiste por bravo sino por cobarde, una acometida que además de resaltar su cobardía resalta su falta de “estética” en los movimientos. Por eso resultó patético ver al “Juli” ---un torero con la capacidad y la experiencia para lidiar toros de verdad pero convertido en un traidor de su profesión--- ante un público previamente cebado por la publicidad y por ese efecto tan dañino en los tiempos que corren, el “sensacionalismo barato”, ante el que responden las masas. Patético, decía, fue verlo ejecutar la suerte de matar ante un pobre bicho descastado, agotado y asustado que solo esperaba el momento que aquello terminara. Y el farsante de marras, salta, coloca la estocada y presuroso “actúa” ante los subalternos y para todo el público aquello de “dejadme solo, que le he dado la gran estocada…”. Una puesta en escena, que no un ritual. Un fraude. No tiene otro nombre. Y ese fraude no es otra cosa que el “réquiem para una plaza”. Una plaza del tamaño y la historia de la México. Lo deshonesto de quienes la administran y su actitud ante las exigencias de toreros cobardes y abusivos como el Juli, exigiendo un ganado inútil y manso con el consecuente desprestigio para la que una vez fue una de las plazas más importantes del mundo. Pero la gente aplaudió. ¿Se puede en verdad ser “torerista”? ¿“Admirar” a un torero ante un animal sin casta? O dicho de otro modo ¿se puede aplaudir la “simulación” de la fiesta y no la fiesta misma? De lo demás, el “Cejas” y el resto de la tarde mejor ni hablar. Por supuesto, el desprestigio en el que caen las plazas ante actitudes como esa seguramente le importará solo a unos cuantos. Cómo decía Erasmo de Rotterdam en su Elogio del Cinismo: “Que me importa que unos cuantos me repudien, si las multitudes me aplauden”. |










P.d.- Mary Isla demostró su total desconocimiento de que tratan los toros.
Saludos.