Reloj Taurino
| El Toro y El Mar |
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| Escrito por Daniel Padilla Bañuelos - MEXICO |
| Martes, 05 de Enero de 2010 12:44 |
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Los aficionados a la Fiesta Brava, tienen una innumerable cantidad de similitudes entre ellos, al igual que grandes diferencias, pero una de las cosas que nos distingue (incluyo a los que queremos ser aficionados), es el hecho de que relacionamos “Los Toros” casi con cualquier situación que se nos presente en el transcurso de nuestras vidas. Es una realidad que las nuevas generaciones tienen intereses muy distintos a los que tenían nuestros abuelos o nuestros tíos, quienes vivieron mejores épocas taurinas especialmente en México. También es cierto que hay una enorme oferta de espectáculos públicos, y que la tecnología nos da la posibilidad de permanecer confinados frente a una pantalla para obtener entretenimiento, información, cultura, etc. A un servidor le toca ser parte de estas “nuevas” generaciones, tan alejadas de la verdadera información a cerca del mundo del toro, como del gusto por tan rico e interesante -espectáculo público artístico-. En gran parte, es por eso que siento una enorme responsabilidad, al tener la fortuna de conocer algunas cosas a cerca de la tauromaquia, de acercar esta cultura taurina a quienes no han tenido la suerte de conocerla en nuestros días. Ofreciendo de antemano una disculpa, proseguiré escribiendo en primera persona esta columna, pues es a manera de ensayo que deseo compartirles este pensamiento. Además, deseando que a los aficionados a los toros les sea agradable el leer estas líneas, o por lo menos, no les incomode demasiado la analogía tan “particular” que he decidido relatar. ¿Cómo conectar a dichas generaciones por medio de una tradición tan desconocida y repudiada para algunos y tan apasionante y necesaria para otros? Sin duda, el medio ambiente, y el por qué a un joven de esta “nueva” época, le apasionan prácticas tan arcaicas como las corridas de toros y tan actuales como la relación que vivo entre el toro y el mar. Cuando era pequeño, mi abuelo materno me hacía el favor de llevarme a la Plaza de Toros cada que había un festejo, además de que me daba el gusto de comprarme cualquier juguete que deseara de los puestos que se ponen a las afueras del coso. Gracias a mi abuelo, pude entretenerme con capotes, muletas, banderillas y espadas de juguete tanto como con pelotas o juegos de video. Pero nunca, y con esto quiero decir JAMÁS, accedió mi abuelo a comprarme un trajecito de torero. Él era el jefe, mandaba y yo obedecía, pero deseaba ese traje con todo mi ser. Él no sólo se negó a comprármelo, sino que siempre impidió que me acercara de alguna forma a la vaga idea de ser torero. Llegábamos a la Plaza y no hablábamos con ningún extraño. Si le preguntaba al Abuelo Bañuelos sobre cómo llegar a ser torero, ni siquiera me respondía. En cuanto rodaba el último toro y muchas veces desde el quinto, mi abuelo decía “vámonos”, y hasta el próximo domingo. Así se fueron mis años de infancia, soñando con ser torero, simulando corridas de toros en el cuarto de la tele y entrando a matar al descansa-brazo el sofá con mis estoques de madera; muchas veces se rompían y muchas otras dejaban tremendos agujeros en el mueble. Una vez más, mi abuelo lo logró; hizo que alguien más hiciera lo que él quería y, además, me pasó la tradición taurina, pero nunca tuve contacto con el “mundillo” del toro. Eso se dio hasta hace pocos años. La emoción que siento al estar en una corrida de toros es tan especial e intensa que busco revivirla cada que me sea posible. Tratando siempre de respetar a quienes se juegan la vida en el ruedo; incluyendo -y quizá principalmente- al toro. Dejando de lado el interminable debate al que se llega con cualquier persona ajena a la Fiesta de los Toros, me ocuparé de intentar describirles lo que vive todo aquel valiente que se pone delante de un toro de lidia. MIEDO, NERVIOSISMO, RESPETO por el astado, son sólo algunas de las sensaciones que pasan por el corazón y la mente de quien se enfrenta cara a cara con la muerte. Puedo verlo en sus rostros, en sus bocas, secas, incapaces de pasar saliva; más nunca he tenido el privilegio de vivirlo. Por otra parte, existen prácticas muy peligrosas con las cuales, las “nuevas” generaciones, tienen mucho más contacto. Siendo el toreo un arte, tiene particularidades a las cuales no me referiré en este escrito, pero uno de los elementos más importantes e indispensables dentro de una corrida de toros, es el peligro. Si hay peligro hay emoción, esa misma emoción que se siente cuando se está a merced de las fuerzas de la naturaleza, tal vez es miedo, sin embargo, hay muchos “locos” que desafían dichas fuerzas, con tal de experimentar las intensas sensaciones; el que el toro, al igual que el mar, te pueda destrozar, desmembrarte, golpearte tan fuerte hasta que mueras y seguirlo haciendo. La idea es que eso no suceda, pero como ustedes saben amables lectores, son tan comunes las historias de muertes en el ruedo, como las de muertes en el mar. Tuve la suerte de descubrir la práctica del skimboard hace algunos años, disciplina que se lleva a cabo en la orilla del mar, aprovechando la marea para ir a toda velocidad a enfrentarse con la ola montado en una tabla e intentar saltarla, tomarla, hacer algún truco o, como en la mayor parte de las ocasiones cuando se es principiante, estrellarse irremediablemente contra esa pared de agua, que, al igual que el toro, nos pone a cada uno en nuestro sitio. Existen muchas partes donde se puede hacer skimboard, aunque mi lugar favorito, San Francisco, Nayarit, México, no es uno de los sitios recomendados para dicha práctica, pues las olas que ahí existen son para que los expertos hagan surf, debido a su tamaño y fuerza. Entonces, al estar ahí, en la orilla, viendo esas olas de 3 metros, lo cual no es nada grande para un surfista, y al sentir con qué intensidad truenan justo frente a mí, comienzo a imaginar que es como estar frente a un toro bravo. En el momento en que decido entrar al mar empiezo a disfrutar, pues voy a una buena velocidad y en momentos me desplazo sobre el agua como si yo tuviera el control de la situación… pero a veces no. Al igual que un toro, el mar es muy poderoso, hay que respetarlos y en el momento que la naturaleza decida pueden cambiar su comportamiento, hacer algo completamente imprevisible o simplemente, podemos cometer un error; y esa equivocación la pagaremos caro. Si la ola es demasiado potente y grande y no logras mantenerte sobre la tabla, entras a un mundo de dolor. Es cuando el mar “te pega las cornadas”. Así como el torero es paseado en ocasiones de un pitón a otro, perdiendo completamente el equilibrio, la vertical, siendo herido, girado por los aires, lanzado y estrellado contra el suelo de fea manera, muchas veces de cabeza, así te trata el mar, tan sólo por tener la idea de sentir esa emoción que nos brinda la madre naturaleza. Una rodilla rota, operación de ligamento cruzado y meniscos, y una costilla dislocada es lo más grave que me ha sucedido. Lo demás, golpes, torceduras, moretones, hematomas y desgarres. NADA, en comparación a lo que viven los toreros cuando son cogidos por un toro de lidia. No obstante, existen muchos otros valientes que practican el deporte del surf y que montan olas de hasta 10, ó más metros de altura, sólo por el placer de hacerlo. Algunos, -los menos-, llegan a hacerse famosos compitiendo y ganando torneos y son patrocinados por grandes compañías ganando así una buena cantidad de dinero, pero al igual que en el arte del toreo, llegar a ser figura es casi un milagro. Muchos mueren o sus vidas son transformadas por completo debido a percances sufridos en el mar. De igual forma que sucede a muchos de los que han tenido el valor de torear. La última vez que estuve allí, tuve la suerte de aprender a surfear, claro, con olas pequeñas, digamos con unos “becerritos” de olas. Y al igual que en los toros, a pesar de no haber tenido más que un par de buenas tandas en mi actuación, y haber sido fuertemente revolcado, no puedo esperar más por volver a sentir esa emoción, la que provoca la fuerza de la naturaleza, la cual, y lo creo fielmente, te transmite un toro de lidia, con sus astas íntegras, su sangre brava, la edad correspondiente según sea novillada o corrida formal y ese poder de deshacerte en un instante si así lo desea o si uno mismo se lo permite, al cometer algún error. Jamás he toreado, pero siento un enorme respeto por todos aquellos que sí lo han hecho, así como por todos aquellos que se enfrentan al mar con sus poderosas olas. Esa es la manera que he encontrado de sentir algo parecido a estar toreando. Por el peligro, por la emoción, por la posibilidad de ser terriblemente herido, golpeado o muerto, pero a la vez, de salir victorioso, y volver a la batalla aún antes de que hayan sanado las heridas. En el toreo, como en el surf, los errores se pagan con la vida. Cuando quiero además de esto ARTE, belleza, plasticidad, y una riqueza de contenido casi infinita, pero siempre, -SIEMPRE- acompañados del peligro, entonces…voy a los toros. Muchas gracias por permitirme expresar un sentimiento tan personal, pero que espero desencadene recuerdos, vivencias y momentos tan intensos en ustedes, sean o no, aficionados a la Fiesta Brava. |










muy buen articulo!
Un abrazo
Karla Carrillo
QUE LASTIMA POR LOS TORERITOS QUE LES GUSTA ENGAÑARSE...
DE PENA AJENA!.
¡¡OoOoLE POR LA FIESTA BRAVA CON VERDAD!!
Creo que por fin has encontrado tu "propia voz" y quizás debas explorar aún más esta manera de narrar porque ¡eres realmente bueno al hacerlo!
Muchas felicidades, un escritor ha nacido.
Besos enormes,
Lore
ps feliidades por tu ensayo,, esta muy padre, y mas por esa relacion que le das con el toro y el mar :)
Saludos!